BANANOS, VIDA Y SANGRE
Esa mañana Camila recuerda que hacía demasiado calor. Corrió y se baño con prisa y, a medio vestir, encendió la vieja estufa de gas para poner el café.
Caminó en silencio hasta el cuarto y vio, entre las sombras de la madrugada, a su marido dormir y, un poco más allá, a Domingo y a Josué que aún navegaban entre las sábanas.
Unos minutos después, entre el caos de las cacerolas, los olores y platos, escuchó el ruido del despertador y el conocido crujir de los muelles de la cama. Miro por la ventana, protegida por malla de alambre, una luz que se encendía en la cocina de Carmen, su vecina. Los ruidos, de todos los días, los ruidos del atareado amanecer, de la prisa por salir al trabajo fueron llegando uno a uno y todos juntos hasta ella.
Trató de recordar una madrugada diferente, buscó entre las cientos de madrugas pasadas y no la encontró y se pensó a sí misma, cientos de madrugadas después y las vio todas iguales: olor a café, platos rotos, gritos y risas, llantos de niños, pasos que corren, besos y despedidas, el rugido del tractor y las órdenes del capataz.
Sintió el abrazo de todas las mañanas en la espalda, y el escalofrió de todos las madrugadas que le recorrió la columna ante la respiración caliente de su marido sobre su cuello.
Se sentó en la mesa con una taza de café entre las manos. Lo miró entre el humo del café y él le devolvió la sonrisa: sabía que a ella le divertía la forma en que comía.
A lo lejos, un ruido furioso de motor se acercaba y con él, gritos y maldiciones. Dionisio se levantó, se encasquetó una vieja gorra de los Yankees, tomó el machete de la esquina y se dirigió a la puerta y, mientras salía, una ráfaga de viento helado asolo la cocina e hizo que Camila se encogiera de frio.
Dionisio miró atrás y vio a Camila embellecida por una nube de tristeza y cansancio, con el cabello aún húmedo y oliendo a jabón. Levanto la mano y le dijo adiós con los ojos para no traer la mala suerte.
Eran las nueve, cuando vio regresar a los hombres con sus machetes y vituallas de trabajo. Salió a la calle y observó a su marido que se acercaba. Preguntó con la mirada.
-No hay trabajo -dijo-. Estamos en huelga.
Ella lo siguió, mientras él se quitaba las botas y la gorra. ¿Por...? Pregunto mientras recogía las cosas y las acomodaba.
-No lo sé bien. Tiene que ver con una ley nueva que los diputados aprobaron -dijo. Mientras tomaba la taza de café que le extendía Camila y se recostaba en la hamaca de hilos de amarrar bananos que se extendía entre la puerta y una viga en la entrada.
Recordó, como ayer, la última huelga. Habían sido 10 días de lucha que comenzaron cuando los universitarios exigieron agua potable para la población, poco a poco se les unieron otros grupos y otras demandas y, finalmente, los obreros. Los manifestantes llegaron a acorralar a los antimotines en el cuartel principal de la policía armados con piedras y machetes.
Uno de sus hermanos había sido herido con disparos de escopeta y otro se fracturó una pierna al saltar de un puente huyendo de la policía que lo perseguía disparándole. Era curioso, pensó, que por pedir agua te dispararan con escopetas pero así era el gobierno...o al menos así lo recordaba desde niña.
Cuando tenía 9 años su tío la trajo desde la costa, desde un remoto paraje que apenas recordaba salvo que desde su cabaña se divisaba el mar, que estaba rodeada de árboles gigantes y que los ríos llenos de peces de colores no dejaban de hablar en un idioma que solo la selva entendía.
Pasó todo un día en un bote que no dejaba de saltar y chocar contra las olas y, cuando ya no tenía nada que vomitar, llegó a un puerto en el que abordó un tren verde y sucio, con olor a orines y que arrojaba bocanadas de humo negro que se perdía entre plantas de cacao. El vagón estaba abarrotado por lo que hizo todo el viaje de pié, aunque de todas formas no podría sentarse por el terrible dolor en las caderas.
En una de las tantas paradas del tren su tío le tomo la mano y la condujo a una carretera de piedras y polvo que se perdía en la distancia. Caminó con pasos cortos pero firmes y, de pronto, se vio rodeada de miles de plantas de banano, que en el silencio de la tarde, parecían guardianes celosos de una riqueza que no le pertenecía. Sintió el olor característico de la plantación: hierro fermentado, azufre en el aire, amoniaco que se pegaba a la piel. Era un mar verde en la tierra, un mar infinito en el que deambulaban hombres tristes y cansados, un mar en el que morían y eran olvidados al calor de los bailes y el licor, un mar en que al entrar te apresaba y no te dejaba escapar para siempre.
-Míralo bien -dijo su Tío, señalándole el bananal-. Estamos aquí por él, por él vivimos, comemos y sufrimos. Cuando yo llegué aquí no había carreteras, ni hospitales, ni buses, ni almacenes. Los hombres vivían de 10 en 10 en barracas para hombres solos. Si te enfermabas tenias que irte y si te ibas tenias que cambiarte el nombre para volver a trabajar. Yo solo sabia usar el machete y el primer trabajo que me dieron fue el de regar sal en las patas del banano. Los que tenían experiencia se reían de mí porque las manos se me partieron y me sangraban las uñas, durante una semana lloraba en silencio pero no deje de trabajar. El ardor de las manos se calmaba con agua en las noches, pero el dolor de mi corazón no se calmaría si regresaba al monte derrotado por la sal.
15 años después el olor a bananal no se había ido. Hacía más calor que antes y las brisas de noviembre habían desaparecido ahuyentadas por la maldición de la plantación. Camila se acostumbro a sudar a todas horas, incluso cuando llovía el calor la perseguía y se pegaba a la piel como el agua salada. Con los hijos vino la incertidumbre de la continuidad y se veía a sí misma preparando el desayuno para los nuevos esclavos del bananal. Cuando Josué cumplió 6 años y empezó a ir a la escuela lo decidió: sus hijos no trabajarían allí, no los criaría para que vivieran acorralados por una planta insensible y extraña. ¡No! Algo habrá que hacer. Escapar se había convertido en una imperiosa necesidad.
Hacía más de cien años que se cultivaba bananos en la región. Al principio eran pequeñas plantaciones diseminadas en la costa, luego los gringos empezaron a sembrar en serio en Güabito, en la frontera con Costa Rica y, posteriormente, las plantaciones empezaron a extenderse como una plaga hacia el valle, cruzaron el rio Changuinola y se detuvieron cuando se acabó la tierra plana para sembrar.
Miles de hombres llegaron de todas partes para trabajar: de Nicaragua, Honduras, Costa Rica y el Caribe. En los primeros años a los indígenas no se les daba trabajo debido a las diferencias culturales pues no hablaban ni español, ni inglés, no conocían el uso de la moneda y carecían de la disciplina que impone un régimen de trabajo asalariado.
A medida que crecían las fincas, se construían pequeños poblados para albergar a los obreros haciendo clara distinción de la clase social a la que pertenecían: a los negros se les ubicaba en puestos administrativos, técnicos o de mantenimiento, a los latinos se los colocaba en las plantas de empaque y en las labores de cosecha; pero cuando empezaron a llegar cada vez más indígenas a trabajar, se construyeron barracones especiales para ellos, alejados de los otros y con condiciones sanitarias diferentes.
Las fincas eran entonces pequeñas Babilonias en donde se mezclaban los dialectos guaimíes, el creole, el español y el inglés, de manera que todos se vieron en la necesidad de convertirse en multilingües para poder entenderse; sin embargo, durante muchas décadas hubo una clara distancia que separaba a los latinos de los negros y a estos de los indígenas. Cada uno, a su manera, discriminaba al otro, sin darse cuenta que todos eran discriminados a su vez por los dueños de las plantaciones que vivían aislados y placenteramente disfrutaban de los beneficios que significaba una banana madura en un supermercado de New York, San Francisco o la Florida.
Pronto, los trabajadores aprendieron que las diferencias culturales no eran obstáculos para defender sus derechos laborales y ya, en la década de los sesenta, se veían a representantes de todas las razas discutiendo y poniéndose de acuerdo sobre sus problemas comunes; pero si era difícil el dialogo y tratar de entender a los demás, era aun más difícil traducir en cada dialecto los acuerdos alcanzados y muchas veces las traducciones alcanzaban grados de creatividad extremas que hacían peor el acuerdo que el problema.
En los setenta los indígenas ya eran mayoría en las bananeras y se habían mejor adaptados a las nuevas relaciones sociales. Por esos años llegó la sindicalización, el primer Código de Trabajo, el Seguro Social y otros beneficios hasta ese momento desconocidos y de los cuales jamás se desprenderían.
Las antiguas fincas empezaron a llenarse de escuelas y dispensarios, de manera que los niños se iniciaron en la educación formal y recibían atención médica gratuita, forjándose así una nueva generación de obreros bananeros al calor de los nuevos tiempos, las conquistas sindicales, los beneficios sociales y la conciencia de pertenencia a un lugar y el derecho a defenderlo.
A las once de la mañana sonó la campana de la casa comunal llamando a reunión. En cuestión de minutos cientos de hombres, mujeres y niños abarrotaron el lugar asfixiados por el calor y el sopor del medio día.
En un extremo, varios dirigentes sindicales saludaron a la multitud e informaron que venían a explicarles lo que estaba pasando para evitar la mala información característica de los tiempos de huelga.
-Hemos decretado una huelga de 48 horas -señalo uno de ellos- porque el gobierno ha aprobado una ley que dice que la empresa no tiene la obligación de hacernos llegar el descuento de la cuota sindical, lo cual significa que cada trabajador no tiene la obligación de pertenecer al sindicato. Como ustedes saben, es imposible que el sindicato sobreviva sin la cuota sindical, sería el fin del sindicato, el fin de la convención colectiva y la muerte de cualquier aspiración futura de los trabajadores...
Durante tres horas los dirigentes sindicales explicaron el alcance de las medidas anunciadas. Era simple: el gobierno promovía una ley que cercenaba de un plumazo todas las conquistas sindicales alcanzadas a la fecha, pues al eliminar la cotización obligatoria estrangulaba a los dirigentes que se verían sin recursos para administrar sus organizaciones. Lo increíble de la medida era que el sindicalismo organizado apenas representaba un porcentaje por debajo del 20% del total de obreros del país, por lo cual la medida era vista como un favor que le hacía el gobierno a la empresa bananera eliminándole el molesto sindicato.
-Un gobierno de empresarios solo velará por sus intereses y esta es la prueba -Señaló uno de los dirigentes- ¡Viva la huelga!
Los sindicalistas en huelga forzosa recibieron duras críticas de todos los sectores: los llamaron borrachos, vividores del movimiento obrero, agentes del los partidos políticos de oposición, incitadores de la violencia social y la empresa hasta se negó a pagarles los salarios semanales; pero éstos no cedieron y anunciaron que la huelga se declaraba indefinida.
Al tercer día de huelga empezaron a cerrar las avenidas con trincheras hechas de cuanta cosa sirviera para impedir el tráfico vehicular. Se colocaron en cada calle importante, en las entradas de las fincas, en los puentes y hasta frente al cuartel de policía. Al tener noticias de estas acciones, los residentes de los poblados lejanos empezaron a construir sus propias trincheras en un gesto de solidaridad, lo cual significó que toda la región quedó aislada del resto del país.
Dionisio estaba custodiando una de las barricadas. En medio del intenso calor de la tarde apenas si distinguía, a unos doscientos metros, a un grupo de policías que se mantenían inquietos, refugiados a la sombra de los árboles y de las casas. A su izquierda, en una vereda, habían construido un rancho con zinc viejo en el que cocinaban en una olla común. Hasta él llegó el olor intenso del humo de leña ardiendo y los acordes de una canción que alguien reproducía en una radio grabadora. Pensó en Camila y en sus hijos, pensó en ir a tomar una taza de café, en recostarse un rato en la hamaca de hilos, en ver caer la tarde entre los mangos del patio. Solo tendría que caminar media hora hasta la casa, esperar un rato y luego volver; pero no, no podría abandonar a sus compañeros en una lucha tan importante. Sabía que habían llegado cientos de policías y antimotines, que se concentraban en el aeropuerto y que en cualquier momento intentarían despejar las barricadas. Así fue la última vez y nada había cambiado, el método era el mismo: los policías, alineados en filas de cuatro, se acercan a la barricada, se detienen a unos 20 metros y uno de ellos ordena despejar las vías. La respuesta también es conocida: una lluvia de piedras arrojadas por los brazos de cientos de obreros, la policía retrocede y disparan gases lacrimógenos, los obreros se turnan en las barricadas; mientras unos se recuperan de la toxicidad de los gases otros los relevan. No faltan brazos, ni piedras, ni ganas de arrojarlas. Es una guerra de desgaste, de ver quien se cansa primero, de qué se gasta primero: las piedras o las bombas de gases.
Los pocos hombres que quedaron en los caseríos se reunían a jugar dominó y a comentar las últimas noticias de la huelga en medio de la algarabía de los niños que disfrutaban de vacaciones adelantadas. Para ellos la huelga no era una desgracia, sino un acontecimiento. Eran muchos los rumores, pero todos estaban conscientes que en cualquier momento podría estallar la violencia. Habían pasado siete días y el gobierno no daba marcha atrás, por el contrario, sus voceros pasaban del insulto a las groserías, de la amenaza a la burla.
El gobierno no había intentado detener la huelga de los bananeros pues asumieron que no pasaría de una amenaza de dos días; pero, a partir del tercer día, empezaron a gestarse acciones similares en el resto del país: los obreros de la construcción, los de la industria, los maestros y estudiantes, los partidos políticos y la mayoría de los gremios cívicos y privados llamaron al gobierno a derogar la ley causante del conflicto.
Las autoridades no lo soportaron. No admitieron que se los pusiera contra la espada y la pared y, al estilo de los gánster del más extremo capitalismo de derecha, ordenaron reprimir a los trabajadores con la fuerza de la convicción de las balas.
Los obreros seguramente desconocían la magnitud del monstruo que habían despertado. Sabían de las duras represiones que habían vivido hermanos de Colombia, Argentina, Centro América y otros países; pero, ¿acaso no habían ocurrido en el siglo pasado? ¿No eran acciones enterradas en el cementerio del capitalismo e inadmisibles en el siglo de la informática, los derechos humanos y la globalización? ¿No vivíamos en un país en donde la protesta era un derecho y la represión violenta una lacra olvidada?
La primera bomba lacrimógena estalló a las diez de la mañana. Produjo un humo blanco y denso que se expandió en un radio de siete metros. Un hombre corrió hacia ella, la tomó en sus manos y la arrojó hacia los policías que estaban a unos 20 metros y se aproximaban.
La orden era defender la barricada y todos colaboraban con ello: las mujeres se cubrían con pañuelos húmedos en amoniaco, vinagre o limón, corrían hacia las bombas y les echaban baldes de agua o las metían en bolsas de plástico. Los hombres, mientras tanto, mantenían a raya a los policías arrojándoles cientos de piedras. Los policías protegidos por máscaras, escudos y chalecos no soportaban por mucho tiempo mantenerse en la calle y tenían que ser relevados con frecuencia. Cada vez que retiraban a algún policía herido un griterío de triunfo sacudía las calles y daba una voz de aliento a los trabajadores, hasta que las reglas no pactadas de la guerra se rompieron...
El caos arremolinado en la sala de urgencias del hospital era espectacular. Habían cientos de personas buscando ayuda por los efectos de los gases: ancianos, mujeres y niños con los ojos llorosos, con la piel ardiendo, vomitando y sin poder respirar. A las tres de la tarde del sábado empezaron a llegar los primeros heridos por armas de fuego al hospital. Algunos venían caminando, otros eran traídos en vehículos particulares o de la cruz roja; pero en medio del caos de la sala de urgencias los policías los detenían y no dejaban que los atendieran los médicos: eran prisioneros de guerra sin derechos.
Los más graves, aquellos con heridas en los ojos, eran hospitalizados inmediatamente, mientras que otros esperaron horas para ser atendidos de tal forma que empezaron a hacer bromas sobre lo de "urgencia" o a apostar quien vomitaría primero de entre los heridos. Había que matar el tiempo y el caos reinante era digno de una película de horror.
Dionisio vio cuando su compañero cayó herido en las piernas. Se arrastró entre las láminas de zinc y lo tomó por la correa y haló con fuerza para cubrirlo tras la barricada en donde apenas 12 hombres se mantenían agazapados ante la lluvia ardiente de perdigones de escopeta. Había que escapar y rápido pues los policías estaban demasiado cerca. Tomó una bocanada de aire llena de gas lacerante y trató de erguirse para alejarse y entonces lo vio: era como un presentimiento hecho realidad que te miraba jadeante tras una máscara de plástico que ocultaba a un ser desconocido pero que te apuntaba con una escopeta calibre doce especial. Un fogonazo de luz amarilla opacó el sol del atardecer y el ardiente plomo se estrelló contra su pecho desnudo, atravesando la piel y perforando los pulmones.
Cayó hacia atrás por la fuerza del impacto y, aunque se sabía mal herido, no sentía dolor alguno, solo un calor más intenso que el del atardecer y unas ganas de aire fresco que no encontraba. La imagen de Camila llamándolo en la cocina con el pelo mojado y haciendo café le vino de repente y entonces supo que iba a morir. Abrió la boca en busca de una bocanada de aire que no encontró y se desplomó a los pies de unas botas sucias de militar que lo miraban desde arriba.
-¡Cholo cabrón!-le dijo el policía, mientras recargaba y disparaba nuevamente al cuerpo inerte que lo miraba incrédulo desde el suelo de piedras -Por tu culpa no vi la final del mundial...
Daniel Gabriel, septiembre de 2010.


sianeth dijo
que estupides no hay algo mejor al de accion pis
6 Noviembre 2010 | 05:45 PM