LA BESTIA GARAVITO PODRÍA SALIR LIBRE ESTE AÑO
Personalmente pienso como decía el apóstol San Pablo en 'Romanos', capítulo 7, versículo 15, porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Aparezco como un ser diabólico, despiadado y malvado pero eso no es así, soy un ser humano que sufrí terriblemente y sigo sufriendo…
Garavito
Entre los años 1992 y 1998 los colombianos asistieron horrorizados a la aparición de decenas de cadáveres de niños asesinados con señales de mutilación, degollados, heridas cortantes, asfixiados, violados y semienterrados de manera solitaria o en forma múltiple como los 36 cadáveres putrefactos de niños que la policía encontró en las afueras de la ciudad de Pereira.
Pero en un país en el que sus ciudadanos están secuestrados por la violencia nada ni nadie se da prisa por esclarecer un crimen –uno de tantos- y no fue hasta 1997 que las autoridades organizaron una unidad especial para investigar estos casos relacionando la información recopilada de 11 departamentos (provincias) en los que aparecieron casos similares.
Y, aun así, la policía nunca tuvo la certeza de quien era el autor de estos espeluznantes asesinatos hasta que ocurrió un suceso aislado que dio alguna idea de la magnitud de lo ocurrido.
El 22 de abril de 1999, John Iván de 12 años y muy hábil vendedor de billetes de lotería, fue abordado por un hombre cariñoso, de impresionantes ojos verdes, de 1.65 de estatura en una plaza de Villavicencio. Entabló conversación con él y, de repente, el cariñoso comprador se transformó en un secuestrador que le amenazó con un cuchillo, le obligó a subir a un taxi y lo llevó hasta una zona despoblada en donde lo ató, lo ultrajó e intentó violarlo.
Afortunadamente –en Latinoamérica también aparece de vez en vez- otro chico que se encontraba en las cercanías escuchó los gritos de John y, ante la escena, se armó de valor y con piedras se enfrentó al violador. El criminal, sorprendido, desató al niño de las amarras de los pies y trató de internarlo en la espesura, pero el chico logró zafarse y aun con las manos atadas, corrió hacia su salvador que, a toda prisa y perseguido por el secuestrador, lo condujo hasta el poblado en donde lograron la intervención de un cabo de la policía de apellido Babativa que con los pocos recursos con los que disponía organizó un cerco perimétrico que dio con la captura de Luis Alfredo Garavito, de 42 años.
La “Bestia” Garavito, fue capturado debido a que rompió su forma habitual de actuar. La prisa y la imprudencia con la que secuestró a John obedecieron a que su necesidad e impulso criminal fueron más fuertes que la frialdad con la que actuó en los años anteriores; la furia y la rabia explotaron en su interior en un momento y lugar inadecuado.
Garavito era un hombre meticuloso: Guardaba registros de viajes, hoteles, periódicos, calendarios con fechas y nombres y recortes de los crímenes de niños de todo el país que aparecían en los titulares de los diarios y una libreta sucia y arrugada en las que marcaba con rayitas a sus víctimas. Le gustaba disfrazarse de cura o de representante de sociedades caritativas que le abrieron las puertas de escuelas en las que brindaba charlas sobre la necesidad de ayudar a los niños de la calle o a los ancianos desprotegidos. Su habilidad para mentir, para llorar o para fingir lo salvó en muchas ocasiones de la cárcel o de ser atrapado.
Presionado por los investigadores, Garavito confesó haber asesinado a más de 170 niños en todo el país, ayudo a las autoridades a localizar y a identificar a decenas de ellos y se acogió al sistema abreviado de justicia que, finalmente, lo condenó a 40 años de cárcel, de los cuales podría cumplir solo 13 y salir libre este año, gracias a las leyes colombianas que tratan como común lo que es una aberración y como delito lo que es genocidio.
Garavito, quien se considera una víctima de las circunstancias, de la violencia y del abuso sexual, se ha reencontrado con Dios en la penitenciaría de Valledupar, es un preso modelo, estudia, lee y escribe y hasta ha prometido visitar a Luis Carlos Bedoya Londoño, un campesino que durante 10 años estuvo huyendo de la justicia colombiana, con una condena de 50 años, acusado de la muerte de dos niños en el municipio de Santuario y que, finalmente, fueron atribuidos a la bestia. Sin embargo, la prueba que necesito el tribunal supremo para revocar el desatino fue el hecho que el menor que identificó al pobre Bedoya en la escena del crimen se encontraba en una fiesta infantil lejos de allí !!!
Daniel Gabriel, mayo 2011
Ver: http://www.fiscalia.gov.co/pag/divulga/InfEsp/Garavito.htm
